Los Guajes
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16 de abril de 2026

Apuntes de un viaje

Año 11 No. 118 del 2008

Me eché el oriente a la espalda; puse la cara hacia el poniente y eché a andar. La luna llena ilumina mi cara y el camino; deslumbrados cantan los cenzontles y los grillos. Mis perros corretean delante de mí y se detienen para medir la distancia que nos sepa-ra. Por el camino blanquecino las alargadas sombras de los huisaches se arrastran por las piedras. Un viento suave y frío corre por el rostro, mientras se empina la vereda. La Mariposa camina a mi lado jadeando, de vez en cuando, olisquea la hierba removiendo la hojarasca con el hocico; el Orugo ladra festivamente correteando vereda arriba. Se mete entre los tejocotes que están cuajados de flores. Mi compañera hace eco a los ladridos de su hijo, mientras yo entro en calor por lo empinado de la ladera. Los encinos empiezan a aparecer como negros fantasmas y las siluetas de los pinos crecen metiéndose como sables en el halo de la luna que nos acompaña escondiéndose entre la pinada. Los perros hacen volar a una lechuza y ya en la cresta vuelve a asomarse la luna por encima de los pinos. En la rama de un pino seco canta un búho y al pasar la luna se detiene para dibujar la silueta del árbol y el ave. Al pasar frente al árbol, mis perros se arremolinan junto a mis piernas haciendo rodar una piedra que salta y salta por el camino cuesta abajo. Empieza a clarear a mis espaldas; los cardos lucen sus motas cuajadas de rocío y en sus hojas verdinegras brillan con las primeras luces temblando en sus espinas. Cambia el viento; se torna más frío, me encasqueto el sarape y piso con cuidado. Cantan las aves en todas direcciones. Sube del valle un ruido sordo. Mugen las reces y golpea por los barrancos hacia arriba un rebuz-no. La luz empuja el yermo por entre las pinadas hasta las encineras. Empieza a dorar las copas de los robles; las montañas frente a mí se tiñen de rosa. Por el camino revolotean los gorriones azules comiendo zarza-moras. El sabor agridulce despierta mi garganta y las paladeo recogiendo pedazos de ramas secas y algunos hongos que guardo en mi morral. Al pie de un roble acomodo tres piedras calizas, repecho unos musgos secos, busco unas astillas ocotosas y enciendo la lumbre alimentándola con ramas secas. Baja de prisa un diminuto arroyo lamiendo musgos, llevando en su ímpetu semillas y hojas. Recojo un sorbo de agua gruesa y fría, le pongo al fuego vigilado por el Orugo y la Mariposa. Repego alrededor de la olla del café unas gordas gruesas rellenas de frijoles. Huele a pino, a humo, canta el viento; el almuerzo está listo, le comparto con los pájaros, las hormigas, el gaznate de mis perros y un chile tostado. Mientras veo amanecer reposo el desayuno y escucho el canto de los mirlos por las barrancas. Después de apagar la lumbre pongo en regla mis aperos y tiro la vista hacia el camino. La vereda es sinuosa en lo que resta de la falda hasta donde nace un río. Le acompa-ño, el sol se asoma por mi hombro izquierdo, echamos a caminar, acompañando al trote el alborozo de los perros que corretean espantando pájaros y ardillas, que se ponen a salvo en los capulines y tejocotes. Por una vereda contigua baja un joven serrero silbando a todo pulmón, arreando con la punta de una soguilla cuatro burros que arrastran, cruzadas sobre el lomo, dos pértigas de Oyamel. Silva y grita arreando las bestias; la tonada y las insolencias se repiten por los paredones y las barran-cas. El Orugo es un perro adoles-cente, es su primer viaje, por eso insiste en amedrentar a los vecinos con sus ladridos agudos; la madre ladró dos o tres veces y dejó la cosa para después. En su afán, el perrillo se mete entre la breña de tepeguajes y el alborozo se torna en queja, saliendo de ahí disparado y dejando las lanas de invierno que no había tirado. Se queja, lo llamo, le reviso las patas, le quito las ramas secas coronadas de espinas tan peculiares de los tepegua-jes, le palmo el lomo y moviendo la cola echa a correr delante. La Mariposa aprovecha el instante para lamer mi mano. Sobre la fronda revolotean los cuervos. Sus negras siluetas se dibujan a través del encaje del ramaje, sus graznidos se escuchan sincopados al ritmo de los pasos y el chasqueo del río entre las piedras. El paisaje cambia. El sol alto ya, dora el zacate que se apretuja en matojos de todos tamaños; entre los ocres, los blanquecinos palos bobos lucen sus flores blancas. Los abejorros y las abejas discurren un concierto de notas sostenidas y las chuparrosas van y vienen libando néctar, de vez en cuando, se detienen en una diminuta rama lanzando al sol un alo de luz en tornasoles. Mi perro les mira incrédulo, me pregunta y le digo: es un colibrí. De entre los palos bobos, van apareciendo más altos y majestuosos los guajes con sus formas mutiladas, blanquecinas, coronadas de vainas que van del guinda al rojo óxido. Recojo algunas por completar la dieta y les comunico a mis acompañantes: "yo voy a comer carne de venado, ustedes, sus huesos. Luego la pequeña planicie vuelve a empinarse hasta rematar en un pequeño desfiladero de esos a los que llamamos ceja. El zacate es similar; el sol a plomo dibuja las sombras de los árboles sobre su pie; mis ojos se llenan de color del oro de la tierra; formas rojizas y doradas, caprichosas formas en colores hermo-sos, pero el otoño se detuvo delante de mi camino y me funde en aquel ardiente escenario con valores ancestrales e imagino a los sacerdotes recolectando gomas y cortezas para el culto de los antiguos Dioses. Me saca de la meditación la alerta de la Mariposa. Busco y veo deslizarse desde la pinada dos enormes halcones, y en un minuto, pasan sobre nosotros, tan cerca, que escucho el tensar de sus plumas al viento. Luego nos sobrevuelan una y otra vez y me permiten extasiarme en su magnificencia. Un macho dorado que semeja en color al paisaje que transcurro; la hembra azul, el color y orden de sus plumas me transporta a los tocados egipcios. Mi ser se excita ante tanta belleza y la buena madre de la Mariposa pone a buen recaudo al mozalbete echándole las patas delanteras encima. Las majestuosas aves toman rumbo hacia el poniente entre-volando por los papelillos, copales y copalillos, revisando el zacatal. Mis ojos se van tras la pareja de halcones y con ellos viaja mi envidia. Una voz interior me recuerda: tu puedes volar más lejos; como el colibrí, como el águila o el cóndor; como una golondrina o una gaviota. Hundido en mis cavilaciones no advierto a la Mariposa que muestra con su pata derecha levantada siguiendo con los ojos y la nariz hacia la presa, no le noto, paso junto a ella seguido por un perro tonto, que se lleva el susto de su vida y yo con él, al adelantar un paso sobre la Mariposa se alzan de nuestros pies haciendo explotar el aire, una media docena de codornices. Cuando me recupero les veo colgar el vuelo junto al desfiladero y perderse en el zacatal. Por su tamaño me queda la duda que fueran codorniz o perdiz, las hermosas aves. La Mariposa ladra enfadada; reprende al perrillo dándole unos mordiscos cariñosos; a mi me mira interrogante. Siento su reclamo y recuerdo que hace tiempo este recorrido lo hacía con la escopeta al hombro y la tarraya en la bolsa de caza. Hoy sólo les veo; hago el viaje sin premura. Les veo volar, juguetear; deslizarse en los estanques. Escucho desde el zumbido de la abeja, el chillido de las ardillas; me embeleza la torcaz; el cenzontle y el mirlo. Entiendo al cuervo en su soledad y al coyote en su desconfian-za. Me gasta el tiempo un cuatí o un solitario; o el afán de una hormiga; el ir y venir de unos escarabajos; el rocío en la mansión de la señora araña. Ya nos les mato, ya no; mi dieta la cargo en mi saco de caza; la colecto al pasar; el sustento está ahí si lo sabes mirar. El camino bordea la ceja hasta una depresión por donde baja simulando una puerta. Le flanquean una higuera y un tescalame; el camichín se recargó sobre una piedra gigantesca, parece que le hubiese tejido una malla con sus raíces, en un verde apenas perceptible y baja por las rocas hasta el camino. Por su parte el tescalame baja sus raíces desde el borde como enormes serpientes que se deslizan tomando la forma de las rocas, aprisio-nándolas, las envuelve, se mete en las fracturas y bajan por la escalinata que hace de camino. El lugar es húmedo y fresco. Por entre las raíces amarillas y naran-jas, se ven las begonias y los lirios floreciendo. Los peñascos repujados de líquenes y musgos. Cuando dejo la pendiente me vuelvo; el escenario, el ambiente, me hacen sentir un pórtico en un barroco moderno de formas orgánicas que se eleva en una ojiva construida con piedras y metales preciosos, rematando con un traslúcido de riquísima cristalería. Bronces, jades, turquesas; la esencia de una catedral magnífica en medio del fuego de la hora. El sol implacable reverbera sobre grandes piedras que parecen haberse desprendido de la rocosa ceja. Tijelino
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