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Aguilotes
El Tagüinchi

El Tagüinchi

Octubre de 1997

Aguilotes

Le digo padre -que ya no quiero ir a traer aguilotes. Isabel y Poncho salieron al campo rumbo al Arroyo Colorado, soplaba un viento muy suave y el sol calentaba pero sin llegar a quemar. Era el tiempo en que por ese rumbo el campo parece un tapete de flores chiquitas y de mil colores., cortaban flores y acariciaban aquellas plantas pequeñitas que en el rancho las conocíamos como vergonzosas, nomás se les acercaban y apretaban todas sus hojitas como si tuvieran miedo, y hasta que se retiraban las volvían a extender. Por fin deteniéndose en mil cosas llegaban a su destino Isa y Poncho. Isabel la de enormes ojos negros brillantes y bellos que se parecían a los aguilotes y con eso, Poncho la hacia renegar diciéndole ¡Ojos de aguilote! Ojos de aguilote y ella se hacia la ofendida. Poncho el eterno amor de Isabel se trepaba presuroso a los arboles que estaban en las orillas del charco del Cajón. Se acercaba Isabel al arroyo de rojizas aguas en donde se reflejaba su bello rostro enmarcado por dos largas trenzas de pelo negro. Adrede Poncho dejaba caer aquellos pequeños frutos que hacían ondas temblorosas y brillantes sobre la superficie del agua y el rostro de pómulos salientes y de bellas facciones desaparecía. ¿Para que me tirates? - Ni te pegue - - Pero ya no me pude ver en el charco - - No seas volada Isabel - - No soy volada, pero me gusta verme - - Y a mi me gusta verte a ti - Decía Alfonso mientras se llevaba a sus púberes labios un obscuro fruto de sabor dulce. -Vámonos por que se esta haciendo tarde, decía Isabel mientras recogía el balde de lamina copeteado de aguilotes. Todos los que pudieron comer ese día lo harían con limón y sal y los que no se pudieran terminar, irían a la olla de barro con agua y panocha para el almuerzo del otro día. Justina Santana Tejeda
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