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El Tagüinchi

El Tagüinchi

Noviembre 1997

Cuastecomates

Te acuerdas Madre: Como me gustaba el árbol de cuastecomate que estaba en el pequeño huerto de la casa. En su tronco estaban guardados recuerdos de mis bisabuelos, de mis abuelos y los tuyos, Madre y los de mi infancia. Me habitué a estar sola por las tardes en la sombra de mi árbol. El pretexto para sentarme eran las servilletas que me ponías a bordar de cadenita, punto de cruz, punto atrás y otras puntadas que ni me acuerdo, la costura era el pretexto para salir de la casa y no hacer nada. Pero no es de mi ni de la servilleta nunca acabada de quien me interesa hablar, sino del árbol de cuastecomates... Cómo no acordarme de la distribución del huerto: tres naranjos, dos limos, cuatro limones y al centro de mi memoria el cuastecomate. Me gustaba estar bajo de el hasta que sus hojitas en forma de cruz empezaban a teñirse de plata, esperaba para que el último rayo de sol se arrullara y durmiera entre los huizaches. Era el momento en que salían los tagüinchis a formar filigranas de luz. Me quedaba ahí para que el miedo se metiera lento por mi piel y llegara hasta la punta de mis cabellos. Entonces corría a tu lado y me refugiaba entre el mandil y tu falda y temblando te decía: -Mamá platicame del día en que se pelearon Dios y el Diablo por el árbol de cuastecomate. Con tu dulce voz mientras me acariciabas el pelo, me narrabas: —En un día que terminaba, Dios y el Diablo paseaban por la Tierra. Al pasar por el cuastecomate el Diablo se golpeo los cuernos y dijo: -desde este día el árbol va a ser mío. El puso sus bolas pegadas al tronco. El que coma de ellas se envenenará y se irá conmigo al infierno-. Dios intervino y moviendo sus manos cambio la forma de las hojas y las hizo crucesitas, sacó el veneno de las bolas y las lleno de bendiciones, desde ese día el cuastecomate es el árbol que le gano Dios al Diablo. Cuando alguien de la ranchería se enferma de dolor de espalda o pulmonía, le ponen vino al cuastecomate, lo dejan fermentar, lo beben tres veces al día y la enfermedad desaparece. Abrí los adormilados ojos negros, saqué el dedo pulgar de la boca y le dije: —Mamá si me enfermo de la espalda, no me des bolas del Diablo. —El árbol lo gano Dios, me dijo. —Por si acaso, le contesté. Y me quedé profundamente dormida, pensando en Dios, en el Diablo y en los Cuastecomates. M. Justina Santana Tejeda.
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